Hace algunas semanas, tuve uno de esos rarísimos momentos para ver la televisión.
Vi un reportaje en uno de los noticiarios matutinos más conocidos de la televisión. El trabajo, de buena calidad, presentaba el caso de los productos transgénicos. Un organismo transgénico es aquel al que se le insertan uno o más genes procedentes de otras especies animales. Esto gracias a que todos los seres vivos tienen la misma maquinaria molecular básica, y por eso es posible transferir las instrucciones químicas que sirven para fabricar una proteína - es decir, un "gen" - de una bacteria a una planta de maíz por ejemplo.
El reportaje presentaba al Dr. Luis Rafael Herrera Estrella, del CINVESTAV. Este investigador trabajó en el equipo que logró transferir genes de un ser vivo a otro en forma controlada (tarde o temprano, este trabajo tendrá que se distinguido con el Premio Nobel de Medicina y Fisiología).
Al ver este trabajo, uno se queda con la idea de que los productos transgénicos son bastante seguros, y que la controversia sobre su uso es innecesaria.
No soy enemigo de la tecnología, pero si algo hemos aprendido de lo sucedido en los siglos XIX y XX es que aún las más simples y aparentemente bondadosas, deben ser aplicadas con cuidado, pues resulta muy difícil calcular sus consecuencias.
En 1973, fue posible transferir información genética de una bacteria a otra (de una especie diferente). En los años siguientes se desarrollaron otras técnicas que permiten hacer lo mismo entre cualquier tipo de organismos.
Las primeras aplicaciones fueron muy valiosas. En 1978 presentaron una variedad de Escherichia coli, una bacteria muy abundante en el intestino humano. Esta bacteria recibió el gen humano de la insulina; por cierto, las bacterias se reproducen con una velocidad asombrosa (en un solo día, una sola E. coli que se reproduce sin limitaciones podría formar una colonia del tamaño y peso de la Tierra). En poco tiempo, fue posible crear cultivos enormes de esta bacteria alterada para la producción de insulina idéntica a la humana.
En poco tiempo, se realizaron otros ensayos para producir bacterias transgénicas capaces de crear grandes cantidades de esencia de vainilla pura (indistinguible de la natural) y muchas otras cosas más.
En 1999, el Dr. Zhiyuan Gong, de la Universidad de Singapur, creó un pez que produce luz de colores. Lo que hizo el equipo del Dr. Gong fue inyectar el gen que le permite a ciertas medusas producir una proteína luminosa, en el pequeño pez zebra.
Poco después, una empresa americana se puso en contacto con el equipo de Singapur, y ahora se venden en Estados Unidos unos peces que brillan con distintos colores cuando son iluminados con una lámpara común. Los Glo-Fish (su nombre comercial) cuestan alreddeor de 20 dólares.
Existen otras aplicaciones de la tecnología transgénica: es posible colocar en el maíz un gen proveniente de una bacteria llamada Bacillus thuringiensis; este gen tiene la información para fabricar una proteína que actúa como insecticida: mata a las bacterias, pero no daña a los seres humanos. Con una planta así, sería innecesario usar insecticidas en forma masiva para proteger las cosechas; algo que dejaría contentos a todos, incluso a los más radicales partidarios de la conservación del ambiente.



Comentarios(1)
INDISCUTIBLEMENTE MIS RESPETOS PARA ENRIQUE Y PARA TODO EL EQUIPO DE INDIGO.
SON TEMAS DE GRAN INTERES PARA LA SOCIEDAD.
SIGAN CON LA MEJORA CONTINUA
FELICIDADES
LIC. OCTAVIO GONZALEZ CAMARENA
EX DELEGADO DEL IMSS
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