#CuentosPolíticos
Cuando Gabino Cué sustituyó a Ulises Ruíz en Oaxaca, Moreno Valle a Mario Marín –el “Gober Precioso”– en Puebla y Fausto Vallejo sucedió a Leonel Godoy en Michoacán, buena parte del electorado local fantaseó con el final arribo de la justicia
Es claro que han existido y existen grandes historiadores mexicanos con quienes he contraído deudas eternas imposibles de amortizar. Citarlos constituiría un despropósito porque correría el riesgo de cometer una omisión imperdonable al dejar irresponsablemente algún nombre distinguido en el tintero
¿Por qué están proliferando los grupos armados en la república? ¿Por qué aparecen en diversos estados de la federación “policías comunitarias”, “policías de autodefensa” y paramilitares de distintas extracciones y justificaciones?
Si la cleptomanía se define como un trastorno del control de impulsos que lleva al robo compulsivo de cosas y la persona que padece dicho trastorno recibe el nombre de cleptómano o ladrón compulsivo, entonces nuestra sociedad debe ser “cleptocrática” y mil veces peor si los cleptomaniacos en muy escasas ocasiones son sancionados. Procedo a explicarme:
Con el paso del tiempo he venido cayendo en la patética conclusión de que el gobierno, diputados y senadores, y la sociedad civil estimulan la impunidad a través de su actuación o de su omisión. ¿Cómo sostener el enunciado anterior? Muy simple: sin retrasar agresivamente las manecillas del reloj de la historia, en cuyos anales encontramos, en términos generales, pruebas abrumadoras de la corrupción de que ha prevalecido en nuestro país desde el año remoto de la bugambilia, simplemente ubiquémonos en la administración de la señora Fox, que obligó a su marido prometer el encarcelamiento de los llamados “peces gordos”.
No sé si el amable lector que me obsequia un momento de su atención al leer esta breve columna coincida conmigo en el hecho de considerar muy sospechosa la desaparición de López Obrador de los escenarios políticos.
Al saber que esos godos modernos, los bárbaros, los hunos capitalinos de nuestros días, finalmente habían desalojado la torre de la rectoría, patrimonio de la humanidad, supuse, en una primera instancia, que su actitud respondía al hecho de que esos encapuchados, auténticos enemigos de la paz pública del Estado, furiosos defensores de la ignorancia que gritaban orgullosos aquello de viva la muerte y muera la inteligencia, habían escuchado una voz de ultratumba que les había despertado un amor repentino por México y por su cultura ancestral y por ello habían decidido entregar la UNAM, en donde se pretende forjar a las generaciones del futuro.
Cuando Mahatma Gandhi sostuvo aquello de que “Lo más atroz de las cosas malas de la gente mala, es el silencio de la gente buena”, tenía toda la razón.
La aceptación de una tesis que proponga la existencia de un mercado libre en la más amplia acepción del término, léase la tolerancia de un neolibertinaje económico del poder político en perjuicio de quienes se encuentran cautivos o excluidos de los esquemas de distribución del ingreso
Cuando Margaret Thatcher declaró valientemente “No soy una política de consenso, soy una política de convicciones”, no solo empezó un radical proceso de cambios en el Reino Unido, sino que su ejemplo fue seguido en buena parte del mundo


