Cuando las máquinas invadieron al mundo, en el siglo 19, la corrosión dejó de ser un fenómeno poco común para convertirse en uno de los grandes enemigos de la modernidad; una buena parte del presupuesto de las nuevas fábricas estaba destinado a las máquinas que movían sus líneas de producción y una buena parte de ese dinero era dedicado para evitar la corrosión. La idea de que el oxígeno es el principal enemigo de las máquinas poco a poco se fue metiendo en el subconsciente de la mayoría.
Cuando algunos científicos curiosos colocaron ese tipo de grasas (o más bien debería decir “aceites” porque son líquidas a temperatura ambiente) en recipientes cerrados, lograron demostrar que el oxígeno era el responsable: los científicos podrían medir con precisión el contenido de oxígeno en el aire atrapado en el frasco, que disminuía al aumentar el proceso de descomposición del aceite.



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